Chapulines Oaxaqueños

Los antiguos habitantes del Valle de México apreciaban los chapulines no sólo por su sabor, sino también por su canto y por considerarlos ejemplares destacados del mundo animal.

“Pruébalos, están muy ricos, saben a chicharrón…” -me dijo muy convencido mi amigo Arturo, mientras masticaba con gran deleite unos dorados y crujientes chapulines, que doña Chole había traído a la mesa en una cazuelita de barro verde.

Estábamos en Zacualpan, antiguo pueblo del estado de Morelos, donde el exótico platillo estaba en armonía con el mexicanísimo comedor tapizado de cazuelas de todos tamaños. Aunque el efecto estético de los refulgentes chapulines sobre el verde barro vidriado del recipiente que los contenía era extraordinario, para mí en ese momento el aspecto gastronómico no me resultaba tan alentador y por lo tanto decliné a probarlos; ni siquiera me animé a comer una patita, no obstante que Arturo me dijera con sorna: “Qué lástima, que no quieras, me los voy a acabar todos, me voy a tener que sacrificar…”, al tiempo que se preparaba más tacos de chapulines aderezados con salsa.

Ahora pienso que tal vez no los probé por el particular afecto que les tengo, ¿quién no conoce a estos musicales insectos que entonan, estridentes, sus veraniegos himnos nocturnales?

Los chapulines cantores me traen recuerdos de campo y tierra húmedos; de mi infancia intrigada por el sonido misterioso, emitido al unísono por gran cantidad de estos pequeños animales; en fin, evocan mis primeros contactos con la fauna, me transportan a esos paseos campiranos, cuando en compañía de otros niños, salíamos a “cazar” chapulines en los llanos de Azcapotzalco y regresábamos —para espanto de nuestras madres— sucios de pies a cabeza y con botes llenos de esos multicolores insectos.

Muy probablemente en esos mismos llanos, hace miles de años, otros niños, junto con mujeres y hombres que habitaron el Valle de México, también “cazaron” chapulines, pero no por diversión, sino para complementar su dieta.

Según la historia, los grillos, chapulines y langostas, no sólo se han comido en México, sino en muy diversas culturas. Por ejemplo, se sabe que Moisés incluía a los saltamontes entre los animales cuya carne podían comer los hebreos, no así la de cerdo.

Por otro lado, es conocido el hecho de que San Juan, el Bautista, en el desierto se alimentaba de langostas que aderezaba con miel silvestre; no ha faltado quien ha querido sostener que tales langostas no eran sino legumbres del algarrobo, no cabe la menor duda de que se trataba de los ortópteros.

Igualmente hizo San Juan el Evangelista en la isla de Patmos, comía estos insectos; los partos, árabes y persas, en Asia antigua; los etíopes, libios, mauritanos y los antiguos hotentotes o habitantes del Cabo de Buna Esperanza, en África; y las diversas etnias australianas, insectívoras por necesidad.

En México, los chapulines se comen en todos los estados del centro y sureste del país. Algunos de los primeros registros históricos proceden de la cultura mexica. De hecho, la etimología del vocablo chapulín viene del náhuatl y acerca de su significado Gutierre Tibón explica que quiere decir “insecto que brinca como pelota de hule”, puesto que procede de las raíces nahuas “chapa(nia), rebotar yulli, hule”.

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