¡NOSTALGIA DE TACOS!

Por: Alba Gastro

Un glotón por excelencia sabe que ir a un nuevo destino, es una oportunidad para encontrar comida nueva; si bien el mundo está lleno de ellos –me incluyo–, el arte de ser uno efectivo y tangible, lleva años de experiencia en los menesteres del escudriñamiento de campo; pero ‘ojo’ con ser auténtico, porque van varios chefs que me dicen:

“todo mundo se cree crítico gastronómico y de hecho, cada cliente que entra por esa puerta o se para en esa barra, lo es; no sólo eso, es un censor de malas estrategias comerciales y juez de maléficos meseros o bartenders; además de un inspector de salubridad, un todólogo; pero algo debe de quedar claro para todo cocinero o empresario y es que ese individuo siempre tiene la razón.”

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Ser un glotón entonces es aprender a criticar constructivamente en apoyo a otros como nosotros–porque somos solidarios inexorables–; entonces ese trabajo no es sencillo, no es nada más quejarse para que el restaurador nos diga: “lo siento, no veo el pelo en la sopa, pero si usted dice que lo hay, seguro yo estoy miope”; o para que la novia vea lo sabihondos que somos al distinguir un chile poblano de un pimiento morrón.

En mi caso, se imaginarán que sufro mucho, porque debo de comer mucho, viajar mucho y criticar mucho, en homenaje a mis hermanas y hermanos comelones, o bien a los cocineros que –no es que sea aduladora–, pero se ponen una friega en los fogones y algunos hasta hacen ‘jotería’ y media en sus platos, para que los millones de críticos gastronómicos, los dejemos vacíos.

Pero bueno, luego de tanto preámbulo, les cuento el pecado que cometí y por el que ahora hago tanto alboroto: vine desde la Ciudad de México, al Sureste y lo primero que hice fue buscar tacos.

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Como lo leyeron, para aquellos impíos que me digan: “ojalá te los tragaras, porque el niño saldrá con cara de suadero,” se equivocan, mi antojo no es por estar embarazada, tampoco es parte de una apuesta, ni porque no existían veintenas de restaurantes muy chulos, con cartas y catas atractivas. Ocurrió que por primera vez dejé la voz interna que siempre me grita: ¡Destino nuevo, comida regional! Para cambiarla por una frenética frecuencia en mi cabeza, así chilanga-lunática, que quería sin más un cuarteto de esos jugosos tacos.

No les mentiré diciendo que busqué en Tripadvisor el mejor lugar con trompo de Playa del Carmen, Quintana Roo; solamente ocurrió que como poseída, sin conocer qué encontraría a mi paso, caminé por la Avenida 30 Norte y al llegar a la esquina con 6, como un oasis en medio del desierto, se apareció así como así El Fogón ¿Radar huache? Podría jurar que sí.

 

 

 

¡Trompadas!

Si de algo se quejan algunos habitantes originarios de estados del Centro del país, es de que en Playa del Carmen no hay muchos de los productos que existen en sus tierras; y en efecto, tienen razón, por ejemplo, uno podría pensar que  por ser un sitio tropical, hay frutos de la mejor calidad en abundancia y ¡Nooo! Otro más, cualquier defeño que radique aquí, sería feliz si le mandan por paquetería una famosa guajolota –torta de tamal– bien sazonadita con buena masa y ese picor del chile verde, rojo, mole, rajas de chile poblano.

Lo mismo pasa con los tacos; muchos amigos me habían dicho que aquí son fatales y tal vez por eso me obsesioné tanto; es como cuando alguien te expresa que no hay agua y te entra una sed infame.

Así me encontré sentada en la mesa de El Fogón, un local amplio, de dos pisos que no requiere de reservación y que por alguna razón está siempre casi lleno; esperaba un mal taco al Pastor, cuando de pronto el mesero colocó la fuente de salsas y vi un guacamole que ¡Dios me abrió el apetito! Pues generalmente pocos se atreven a hacer salsas picantes –excepto las de habanero que están muy de moda–,  para no espantar a los extranjeros.

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La carta

Los tacos al Pastor de este lugar,  son auténticos; pese a que las tortillas saben algo distinto a las de la región del Centro; definitivamente son buenos y casi tuve una regresión a mis taquerías favoritas de la Ciudad de México.

También hay tacos de bistec, chuleta, arrachera. Alambres, tortas al Pastor, de costilla y diversas preparaciones a la parrilla; para acompañar nopales, quesos fundidos, cebolla asada, papas cocidas y para beber coctelería internacional, cerveza nacional, aguas frutales de temporada, refrescos, etc.

Aquí rompí otra de mis máximas: “pide un poco de varias cosas o róbale un bocado al plato de la persona de la derecha, izquierda y enfrente;” pues solicité cuatro tacos al pastor, con nopales, rábanos, pepinos, salsa roja de chile de árbol, verde, pico de gallo, limones y un agua de piña –nada más–.

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Volví

De principio no pude hacer mi crítica, algo raro me pasó; el domingo siguiente, fui de nuevo a ese lugar, para probar algo diferente, “tal vez una arrachera” pensé; pero no. Pedí cuatro tacos y una cerveza, porque estábamos a 29 grados y eso para mí es mucho, aunque aún no llegamos a los 41 grados a la sombra, con los que varios vecinos me han amenazado.

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Así que, quise ser dura en mi “erudición culinaria”, pero no pude: simplemente son los tacos que yo quería y punto; tal vez le faltó un poco de elocuencia al mesero, podría decir que el lugar no es tan bonito como muchos de los rincones playenses, pero si no, no sería una tradicional taquería donde 50 por ciento de los clientes son turistas extranjeros –que vienen atraídos por un auténtico sabor–, ni tampoco tuviera cuatro sucursales.

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De ese modo me recibió Playa, rompiendo reglas; tal vez me dedique a eso desde ahora, podría iniciar a buscar tamales, chefs extremos, sitios míticos en medio de la selva, que sé yo, mientras tanto, voy entre calles a ver qué me encuentro.

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